Mientras la señora viejita para la que trabajabas paseando a su perro, no se iba y seguía acostada en la cama, tú y yo tratábamos de querernos mucho. La señora nos veía con su cara de que su esposo se había muerto y ya no había nadie que la tratara de querer mucho. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea de la historia de la niña de la araña invisible enferma de las glándulas de invisibilidad (la araña, no la niña).